Paolo Rossi. « O Nascimento da Ciência Moderna na Europa »
A propósito del nacimiento de la ciencia moderna, se ha hablado y se habla todavía (con razón) de «revolución científica». Las revoluciones tienen esta característica: no sólo miran hacia el futuro y dan vida a algo que no existía antes, sino que además se construyen un pasado imaginario que tiene, por lo general, características negativas. Basta leer el Discurso preliminar a la gran Enciclopedia de los ilustrados o incluso el comienzo del Discurso sobre las ciencias y las artes de Jean-Jacques Rousseau para darse cuenta de con qué fuerza circulaba, en la segunda mitad del siglo XVIII, la definición de la Edad Media como una edad oscura, como una «recaída en la barbarie», a la que pusieron fin los resplandores del Renacimiento.
Los historiadores no aceptan, por principio, ningún «pasado imaginario». Incluso ponen en cuestión los intentos que han hecho los hombres de colocarse a sí mismos en el centro del proceso de la historia. Esos mil años de historia, a lo largo de los cuales tuvieron lugar muchas de las grandes revoluciones intelectuales y a los que atribuimos la etiqueta genérica de Edad Media, han sido minuciosamente explorados desde mediados del siglo XIX. Hoy en día sabemos que el mito de la Edad Media como época de barbarie era precisamente esto, un mito, elaborado por la cultura humanística y por los padres fundadores de la modernidad. En aquellos siglos se construyeron innumerables y admirables iglesias y catedrales, conventos y molinos de viento; se araron los campos con el arado pesado y se inventó el estribo, que cambió la naturaleza de los combates y la política europea, transformando el imaginario centauro de los antiguos en el señor feudal (White, 1967: 49).
Las ciudades donde los hombres comenzaron a vivir no eran tan sólo centros de intercambios comerciales, sino también de intercambios intelectuales. La gran filosofía medieval surge del encuentro de tradiciones diversas: la cristiana, la bizantina, la hebrea y la árabe (De Libera, 1991). En ese mundo nacieron las universidades y se afirmó, sobre todo, la figura del intelectual que es considerado, entre los siglos XII y XIII, como un hombre que ejerce un oficio, desarrolla una labor, que es comparable por tanto a los otros ciudadanos y que tiene el deber de transmitir y elaborar las artes «liberales» (Le Goff, 1959: 73). Las universidades nacieron en Bolonia, París y Oxford a finales del siglo XII, se multiplicaron a lo largo del siglo siguiente y se extendieron por toda Europa durante los siglos XIV y XV. Las universidades se convierten en centros privilegiados de un saber que se va configurando como digno de reconocimiento social, merecedor de una recompensa; un saber con sus propias leyes, que son fijadas con todo detalle (Le Goff, 1977: 153-170). La universidad, a diferencia de las escuelas monásticas o catedrales, era un studium generale, tenía una condición jurídica precisa basada en una autoridad «universal» (como el papa o el emperador). La autorización concedida a los profesores para enseñar en cualquier lugar («licentia ubique docendi») y los desplazamientos de los estudiantes contribuyeron en gran medida a la formación de una cultura latino-cristiana unitaria. «Favorecido por la adopción del latín como instrumento de comunicación culta, este mercado único de la docencia transformó las universidades medievales en centros de estudio de carácter internacional, en cuyo interior los hombres y las ideas podían circular rápidamente» (Bianchi, 1997: 27). El llamado método escolástico (basado en la lectio, la quaestio, la disputatio) dejará huellas imborrables en la cultura europea, y es indudable que para entender a muchos filósofos modernos, empezando por Descartes, hay que remontarse a los textos de aquellos autores a los que ellos combatían ardorosamente.
Existen muchísimos estudios sobre la filosofía y la ciencia de la Edad Media, así como sobre el proceso de laicización de la cultura y sobre las condenas teológicas de muchas tesis filosóficas. Concretamente, muchos autores han sostenido la tesis de que existe una estrecha continuidad entre la ciencia de los estudiosos del Merton College de Oxford (como Bradwardine) y los «físicos parisinos» (como Nicolás de Oresme y Juan Buridán), y la ciencia de Galileo, Descartes y Newton. Ante la imposibilidad de discutir interpretaciones como las de Pierre Duhem (Duhem, 1914-1958) o de Marshall Clagett (Clagett, 1981), me limitaré a presentar una relación de algunas buenas razones que permiten confirmar la tesis opuesta de que existe una fuerte discontinuidad entre la tradición científica medieval y la ciencia moderna y que permiten, por tanto, considerar legítimo el uso de la expresión «revolución científica».
Pero las razones por las que el autor de este libro ha hablado y sigue hablando de la ciencia moderna como de una revolución intelectual no están evidentemente expuestas en la breve enumeración anterior, sino en las páginas que vienen a continuación.